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Sunday, June 21, 2026

La prometida ciega del Duque

 

Nunca me gustaron los silencios. Me hacían imaginar cosas que no podía ver. A veces eran peores que la oscuridad. En esta ocasión, sin embargo, el silencio estaba lleno de promesas, de nervios. De suposiciones que no podía confirmar con mis ojos.

—¿Está usted segura de querer esperar aquí sola, mi lady? —preguntó Clara, mi doncella, la única que hablaba conmigo sin lástima en la voz.

—Estoy sola en la mayoría de los lugares, Clara. Estoy acostumbrada. Además, dicen que el invernadero tiene buena acústica —respondí, tocando el respaldo de una silla con la yema de los dedos. Siempre me gustaba saber dónde estaban las cosas. Mi mundo era táctil, sonoro, olfativo. Pero no visual.

Ella suspiró y me acomodó una hebra de cabello tras la oreja.

—No tardará. Aunque… dicen que es un hombre reservado. Muy reservado.

—¿Y qué más dicen de él? —pregunté con fingida indiferencia, aunque mi corazón ya empezaba a acelerar el ritmo. Me casaría con ese hombre. Y aún no sabía si su voz me daría frío o calor.

—Que impone. Que es como una montaña: firme, callado… y un poco helado.

Sonreí. Los hombres así eran los más interesantes.

Minutos después, cuando Clara ya se había marchado, escuché la puerta del invernadero abrirse. No porque chirriara, sino por el cambio en el aire, el suspiro de las plantas, el crujido casi imperceptible de unas botas sobre el mármol. Contuve la respiración.

Un paso. Luego otro. Después, la voz.

—¿Mi futura esposa?

Era grave. Profunda. Tenía la textura del humo y el peso del invierno. Pero no sonaba decepcionado. Solo sorprendido. Quizás… intrigado.

—No soy tan intimidante como suena, excelencia —dije, ladeando el rostro hacia él con una sonrisa.

Silencio. Podía sentir cómo me observaba. Cómo su mirada recorría mis ojos, esos que no le devolvían la mirada.

—¿Está… mirando al jardín?

—Supongo que sí. Me dijeron que las bugambilias están floreciendo. Aunque debo confiar en la palabra de los jardineros.

Otro paso. El roce de su capa con las hojas de una maceta cercana. Podía imaginarlo alto, de hombros anchos, con expresión contenida. Los duques no solían saber disimular la sorpresa. Estaban acostumbrados a tener el control.

—¿Mis ojos me engañan o…?

—No, no lo hacen. Soy ciega. Desde los ocho años.

Silencio otra vez. Esta vez más denso. No de incomodidad, sino de ajuste. Como si su mente reordenara todo lo que había esperado de mí.

—¿Y aun así ha aceptado casarse conmigo?

Me reí, breve, con los labios apenas curvados.

—No necesito verlo para saber que será un marido decente… al menos eso espero. Aunque si no lo es, siempre puedo tropezar “accidentalmente” con usted en las escaleras.

Una carcajada rompió el aire, fuerte y genuina. Me estremecí. No por miedo, sino porque… me gustó.

—Dios mío… usted es magnífica.

—Y usted no suena tan helado como decían.

—¿Quién dijo eso? —preguntó con fingido fastidio.

—Digamos que su reputación lo precede, excelencia.

—Llámeme William. Por favor.Tragué saliva. Era la primera vez que lo escuchaba decir su nombre. Y tenía un sonido extraño, casi íntimo, como un secreto que se desliza por la piel.

—William —repetí con suavidad—. ¿Cómo soy yo? Lo que ve, quiero decir.

Se acercó. Sentí su presencia justo frente a mí. Su voz bajó de tono.

—Tiene el cabello más oscuro que imaginé. Y una sonrisa que… bueno, hace que me olvide de lo que iba a decir.

—Vaya, eso no suena muy ducal.

—Tampoco usted suena como una víctima. Y aquí estamos, rompiendo estereotipos.

Estiré la mano en dirección a su voz. No pensé demasiado. Simplemente lo hice. Él dudó un instante, pero luego tomó mi mano entre las suyas. Estaban cálidas. Firmes.

—¿Puedo? —pregunté, queriendo tocar su rostro.

—Claro.

Mis dedos rozaron su barbilla, su mandíbula bien definida, el arco de su nariz, las cejas arqueadas. No necesitaba ver para imaginarlo. Alto, fuerte, de rasgos elegantes pero tensos. Un hombre que se había guardado las emociones tanto tiempo que no sabía muy bien qué hacer con ellas.

—No eres tan fiero como decían, William.

—Y tú no eres tan frágil como temían.

Nos quedamos en silencio unos segundos, pero esta vez, no fue incómodo. Fue lleno. Como si estuviéramos diciendo más cosas sin abrir la boca.

Sabía, sin verlo, que estaba sonriendo. Y por primera vez en mucho tiempo, yo también lo estaba de verdad.

Los días siguientes pasaron más rápido de lo que imaginé.

William comenzó a visitarme cada tarde. A veces caminábamos por los jardines. Bueno, él caminaba y yo fingía no tropezar con las raíces para conservar un poco de dignidad.

—Acabas de chocar contra un rosal —comentó una tarde.

—El rosal se interpuso en mi camino.

—Por supuesto.

—Deberías castigarlo.

Su risa se convirtió rápidamente en uno de mis sonidos favoritos.

Por primera vez en años, dejé de sentirme como una carga que alguien debía soportar.

Con William era diferente.

No me guiaba tomándome del brazo como si fuera una niña.

Simplemente me ofrecía su mano.

Y yo la aceptaba.

Todo parecía perfecto.

Hasta que conocí a su madre.

La duquesa viuda tenía una voz afilada. Sonaba elegante, sí, pero también fría.

La primera vez que me recibió en el salón principal, apenas intentó disimular su desaprobación.

—Así que tú eres la joven —dijo.

—Y usted debe ser la madre de William.

—Muy observadora.

Me quedé en silencio unos segundos.

—Bueno, la alternativa era asumir que era el caballo de la familia.

Escuché a William atragantarse con una carcajada.

La duquesa no se rio.

Eso me dio una pista bastante clara de cómo sería nuestra relación.

Durante semanas soporté comentarios disfrazados de cortesía.

—Qué pena que no puedas apreciar los retratos familiares.

—Qué desafortunado que no veas los jardines.

—Qué complicado debe ser administrar una casa en tu condición.

Siempre sonreía.

Siempre respondía con educación.

Pero cada palabra dejaba una pequeña herida.

Una tarde, durante el té, la duquesa fue demasiado lejos.

—William, todavía estás a tiempo de reconsiderarlo.

El salón quedó en silencio.

Sentí cómo mi estómago se contraía.

—Madre —dijo él con voz peligrosa.

—Solo digo lo que todos piensan. Eres un duque. Necesitas una esposa fuerte.

Apreté los dedos alrededor de la taza.

—¿Insinúa que no lo soy?

—Insinúo que una mujer que no puede ver dependerá siempre de otros.

Por primera vez, no supe qué responder.Porque esa era exactamente la inseguridad que llevaba años escondiendo.

Pero antes de que pudiera decir nada, una silla se movió bruscamente.

William se puso de pie.

—Basta.

Nunca lo había escuchado hablar así.

Su voz resonó en toda la habitación.

—¿Perdón?

—He dicho basta.

La duquesa pareció sorprendida.

—Madre, la mujer que está sentada frente a usted es más valiente que cualquiera que conozca.

Silencio.

—Ha aprendido a vivir en un mundo que intenta compadecerla cada día. Ha conservado la alegría cuando otros se habrían rendido. Y jamás he visto a nadie enfrentarse a las dificultades con tanta dignidad.

Sentí un nudo en la garganta.

—William…

—No he terminado.

Tomó mi mano.

—Si alguien vuelve a faltarle el respeto, tendrá un problema conmigo.

La duquesa permaneció callada.

—La amo —continuó él—. No porque sea ciega. No a pesar de que sea ciega. La amo porque es ella.

Mi corazón dejó de latir durante un segundo.

La amo.

Nunca lo había dicho.

No así.

No delante de todos.

La duquesa respiró profundamente.

—William…

—Y si no puede aceptarla, entonces será usted quien tenga que acostumbrarse a las consecuencias.

Nadie volvió a hablar.

Pero yo sentía lágrimas calientes acumulándose detrás de unos ojos que ya no servían para ver.

Aquella noche, cuando estuvimos solos, toqué su rostro.

—Has discutido con una duquesa por mí.

—No. He discutido con mi madre por ti.

—Eso es peor.

Él soltó una carcajada.

—Probablemente.

—William…

—¿Sí?

—Creo que te amo.

El silencio que siguió fue tan intenso que pude escuchar su respiración.

Entonces sus labios rozaron mi frente.

—Llevo meses enamorado de ti.

Y por primera vez en mi vida, deseé poder verlo.

Solo una vez.

Solo para guardar su rostro en mi memoria.

Nuestra boda se celebró en primavera.

La iglesia estaba llena.

Podía escuchar los murmullos, el roce de los vestidos, las flores perfumando el aire.

Mi corazón latía tan fuerte que pensé que todos podrían oírlo.

Clara caminó a mi lado.

—Estás preciosa.

—Eso espero.

—Créeme.

Cuando llegamos al altar, William tomó mis manos.

Estaban temblando.

—¿Nervioso, excelencia?

—Mucho.

—Bien. Pensé que era la única.

El sacerdote comenzó la ceremonia.

Y cuando llegó el momento de los votos, William habló primero.

—Prometo ser tus ojos cuando los necesites.

Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.

—Prometo describirte cada amanecer.

Tragué saliva.

—Prometo caminar a tu lado, nunca delante de ti.

Ya estaba llorando sin remedio.

—Y prometo recordarte todos los días que eres la mujer más extraordinaria que he conocido.

Cuando llegó mi turno, apreté sus manos.

—Prometo seguir tropezando contigo accidentalmente.

La iglesia estalló en risas.

—Prometo llenar tu vida de preguntas incómodas.

Más risas.

—Y prometo amarte con todo lo que soy. Con todo lo que veo… y con todo lo que jamás podré ver.

William besó mis nudillos.

Y cuando finalmente nos declararon marido y mujer, me besó bajo los aplausos de toda la iglesia.

No podía ver las flores.

No podía ver los vitrales.

No podía ver las sonrisas.

Pero podía sentir el amor rodeándome por todas partes.

Y comprendí algo.

Tal vez había perdido la vista cuando era niña.

Pero aquel día, en los brazos de mi esposo, sentí que por fin había encontrado mi futuro.

Nadie tiene la obligación de apoyarme en mis relatos y valoro mucho a quien lo hace ❤️

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