A la mañana siguiente, Gonzalo seguía inmóvil.
Pero ahora yo sabía que detrás de aquellos ojos cerrados había un hombre escuchando cada palabra.
Esperé hasta que Mauricio salió de la casa.
Después cerré la puerta del dormitorio y acerqué una libreta a la cama.
—Necesito saber qué documentos tiene.
Gonzalo parpadeó una vez.
Sí.
—¿Su sobrino controla sus cuentas?
Dos parpadeos.
No.
Escribí otra pregunta.
—¿Entonces quién?
Gonzalo tardó varios segundos en responder.
Finalmente movió apenas los labios.
—Mi esposa.
Me quedé helada.
—¿Su esposa? Todos dicen que murió hace cuatro años.
Sus ojos se abrieron con esfuerzo.
—No murió.
Sentí que el aire desaparecía del cuarto.
—¿Dónde está?
Gonzalo miró hacia el armario.
Luego hacia la puerta.
Y volvió a cerrar los ojos.
Entendí el mensaje.
Alguien podía estar escuchando.
Esa tarde, mientras Mauricio llevaba al médico a revisar los papeles del seguro, busqué una oportunidad para revisar el armario.
Encontré una caja metálica escondida detrás de unas camisas.
Dentro había fotografías.
Una mujer joven.
Dos niños.
Y Gonzalo mucho más joven, sonriendo frente a una casa que reconocí inmediatamente.
Era aquella misma mansión.
Debajo de las fotografías había una copia de un documento matrimonial.
La esposa de Gonzalo se llamaba Isabel.
Pero lo que más me llamó la atención fue una segunda carpeta.
Contratos.
Transferencias.
Acciones.
Y una cláusula escrita a mano:
“En caso de incapacidad provocada por terceros, la administración temporal de todos los bienes pasará a Isabel.”
Entonces comprendí.
Si Gonzalo moría, Mauricio heredaría una fortuna.
Pero si se demostraba que alguien había provocado su estado, el control de los bienes podía pasar a su esposa.
El problema era que Isabel había desaparecido.
Guardé todo exactamente donde lo encontré.
Cuando regresé al dormitorio, Gonzalo estaba despierto.
Me acerqué.
—Encontré la caja.
Su respiración cambió.
—Isabel… vive.
—¿Dónde?
Me miró directamente.
—Abajo.
Pensé que se refería a algún sótano.
Entonces escuché tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Venían de detrás de la pared.
Mi piel se erizó.
Abrí la puerta del baño y seguí el sonido hasta un pequeño panel oculto detrás de un espejo.
Había una cerradura.
La llave estaba dentro de la caja metálica.
La giré.
La pared se abrió lentamente.
Detrás había una escalera estrecha que descendía hacia la oscuridad.
Antes de bajar, miré a Gonzalo.
Él consiguió levantar un dedo.
Luego señaló hacia abajo.
Tomé una linterna.
Dejé a Leo dormido en su cuna portátil.
Y comencé a descender.
A mitad de las escaleras escuché una voz femenina.
—¿Eres tú, Gonzalo?
Me detuve.
La voz volvió a sonar.
—Si eres la cuidadora, no confíes en Mauricio.
Sentí un escalofrío.
Porque la mujer encerrada bajo aquella casa no era una desconocida.
Era Isabel.
Y antes de que pudiera preguntarle quién la había encerrado allí, escuché pasos descendiendo detrás de mí.
Mauricio había regresado.
Y esta vez sabía que yo había descubierto el secreto.