Me pidió cancelar nuestro primer café para ayudarle a cargar un futbolín viejo. Y, por alguna razón, dije que sí.
Me llamo Marta. Tenía 32 años y estaba cansada de las citas.
No cansada de amar.
Cansada de empezar siempre desde cero.
Las aplicaciones de citas me habían dejado agotada. Siempre las mismas preguntas, los mismos saludos, las mismas conversaciones que parecían copiadas.
“¿Qué buscas por aquí?”
“¿A qué te dedicas?”
“¿Te apetece tomar algo un día?”
Yo contestaba con educación, claro. Pero cada vez sentía más que estaba haciendo una entrevista de trabajo, no conociendo a alguien.
Entonces apareció Thiago.
No tenía una foto perfecta. Salía con un jersey viejo, el pelo un poco despeinado y una sonrisa rara, como si alguien le hubiera sacado la foto sin avisar.
Pero escribía distinto.
No intentaba hacerse el interesante. No decía frases aprendidas. Preguntaba cosas normales y, sobre todo, leía mis respuestas.
Después de unos días, quedamos para tomar algo un jueves por la tarde, en un bar tranquilo cerca de mi casa.
Yo ya había elegido una blusa.
A las cinco y cuarto me llegó su mensaje.
“Marta, te voy a hacer una propuesta muy rara. He encontrado un futbolín antiguo de un bar de barrio que cerró hace años. El señor se muda mañana por la mañana. Si no voy a por él hoy, lo tira. He alquilado una furgoneta pequeña. Podemos cancelar la cita, o puedes venir conmigo, ayudarme a cargarlo y luego te invito al bocadillo más cutre de la provincia. Si me bloqueas, lo entiendo.”
Me quedé mirando el móvil un buen rato.
Una mujer sensata habría dicho que no.
Yo me quité la blusa, me puse unos vaqueros, unas zapatillas, y le respondí:
“Pásame la dirección.”
Thiago llegó a mi portal con una furgoneta blanca alquilada que olía a polvo, café frío y ambientador de vainilla.
Bajó del asiento con cara de vergüenza.
“Te prometo que normalmente mis primeras citas son menos lamentables.”
Me reí.
Durante el camino no hablamos de lo típico.
No hubo preguntas sobre ex, ni planes de futuro, ni frases para quedar bien.
Hablamos del futbolín.
Imaginamos cuántas partidas habría visto. Cuántos chavales se habrían apoyado en él después del instituto. Cuántos hombres habrían jugado una última partida antes de volver a casa con el cansancio del día encima.
Thiago me contó que le gustaba arreglar cosas antiguas.
“No porque valgan mucho”, dijo. “Es que me da pena cuando algo se tira solo porque nadie quiere mirarlo con calma.”
Lo dijo como si nada.
Pero a mí se me quedó dentro.
Llegamos a una casa baja en las afueras. Tenía una verja de hierro, unas macetas medio vacías y la entrada llena de cajas.
Nos abrió don Emilio.
Tendría unos 78 años. Llevaba pantalón de vestir, tirantes y una camisa clara. Tenía esa forma de mirar de los hombres mayores que no quieren dar explicaciones, pero tampoco quieren estar solos.
“El futbolín está abajo”, dijo.
Bajamos al sótano.
Y allí estaba.
Era enorme. Oscuro. Rayado por todas partes. Mucho más pesado de lo que Thiago me había dicho.
En un lado tenía pegada una etiqueta amarillenta de un torneo del barrio. Uno de los jugadores azules no tenía cabeza.
Lo señalé sin pensar.
Don Emilio dijo:
“Ese lo rompió mi mujer. Jugaba fatal, pero ganaba siempre.”
Nadie habló durante unos segundos.
Y entonces entendí que no estábamos recogiendo un trasto viejo.
Estábamos sacando de aquella casa un pedazo de vida.
Don Emilio nos contó, con frases cortas, que él y su mujer habían llevado un bar durante más de treinta años. El futbolín estaba al fondo, al lado de la barra. Había clientes que pasaban más tiempo allí que en su propia casa.
Su mujer guardaba siempre una bola de repuesto en el bolsillo del delantal.
“Decía que un futbolín sin bola era un mueble triste”, murmuró.
Luego miró hacia otro lado.
Tardamos casi una hora en subir aquel monstruo por la escalera.
Thiago, al principio, hizo como si tuviera un plan. No lo tenía.
Yo me enganché la manga contra la pared. Él se dio un golpe en la rodilla. Don Emilio, desde arriba, iba dando órdenes secas.
“Así no.”
“Gírenlo un poco.”
“No tanto.”
“Despacio, por favor, que todavía no está muerto.”
En una curva de la escalera, el futbolín se quedó atascado.
Thiago estaba rojo, sudando, lleno de polvo. Me miró con la cara de un hombre que acababa de darse cuenta de que había arruinado la peor primera cita de la historia.
Y yo me empecé a reír.
Luego se rió él.
Y al final, incluso don Emilio sonrió.
Solo un poco.
Como si se le hubiera escapado.
Cuando por fin conseguimos meter el futbolín en la furgoneta, yo tenía las manos negras, el pelo revuelto y una telaraña pegada al hombro.
Thiago estaba igual o peor.
Cerró las puertas traseras, se apoyó en la chapa y levantó la mano.
Le choqué los cinco.
Fue una tontería.
Pero todavía hoy creo que algo empezó justo ahí.
Don Emilio se quedó en la puerta de la casa.
Después sacó del bolsillo una bola vieja de corcho.
“Esta era de ella”, dijo. “Lleváosla también.”
Thiago la cogió con cuidado.
No hizo un discurso bonito.
Solo dijo:
“Lo voy a cuidar.”
Don Emilio asintió.
“Que no acabe en un trastero. Ya ha estado demasiado tiempo callado.”
Más tarde paramos en un bar de carretera pequeño.
Nada de velas. Nada de vino. Nada de mesa bonita.
Dos bocadillos calientes, dos refrescos y nosotros sentados en el borde de la furgoneta abierta, con el futbolín al lado.
Le conté a Thiago que en las citas siempre sentía que tenía que hacer un papel.
Ser simpática, pero no demasiado. Independiente, pero no fría. Sincera, pero no intensa. Cansada, pero sin parecer triste.
Thiago me escuchó.
No me interrumpió.
No hizo bromas.
No intentó arreglarme.
Solo se quedó ahí.
Y eso fue lo que me tocó el corazón.
No necesitaba un hombre que me llevara a un sitio bonito para sentirme especial.
Necesitaba a alguien con quien pudiera sentarme, llena de polvo, muerta de cansancio, sin fingir nada.
Hoy ese futbolín está en nuestro salón.
Ocupa demasiado espacio. Todos los invitados se golpean con él. El jugador azul sin cabeza sigue ahí, porque yo no quiero cambiarlo.
A veces Thiago deja la vieja bola de corcho encima y dice:
“A don Emilio le habría gustado verlo así.”
Y yo pienso en aquella tarde.
En un hombre mayor despidiéndose del último ruido de su bar.
En Thiago, que nunca intentó parecer perfecto.
Y en mí, que por primera vez en mucho tiempo dejé de actuar.
Nos han hecho creer que el amor empieza con flores, restaurantes bonitos y frases dichas en el momento exacto.
Pero a veces empieza con un futbolín demasiado pesado, dos personas cubiertas de polvo y la sensación extraña de que, juntos, hasta lo difícil pesa un poco menos.Si leíste lo del futbolín viejo, quizá pensaste que aquella tarde acabó con dos bocadillos y una historia bonita.
Pero no.
Lo que pasó después fue lo que de verdad me enseñó quién era Thiago.
Porque una cosa es cargar con alguien un mueble pesado durante una primera cita.
Y otra muy distinta es quedarse cuando el polvo se va, cuando aparece el cansancio, cuando lo viejo empieza a pedir paciencia de verdad.
Aquella noche, después de dejarme en mi portal, Thiago me escribió antes de que yo llegara siquiera al ascensor.
“No sé si esto cuenta como primera cita o como mudanza ilegal de un monstruo de madera, pero gracias.”
Me reí sola en el rellano.
Luego me mandó otra frase.
“Prometo que la segunda cita no incluirá escaleras.”
Le respondí:
“Entonces no sé si me interesa.”
Y así empezó todo.
No con una cena elegante.
No con flores.
No con una foto perfecta para enseñar a las amigas.
Empezó con bromas sobre agujetas, con manos arañadas, con la espalda hecha polvo y con una bola de corcho guardada en el bolsillo de su chaqueta como si fuera algo sagrado.
Durante las semanas siguientes, Thiago empezó a restaurar el futbolín en el pequeño taller que tenía en el garaje de su hermano.
Yo iba algunos sábados por la tarde.
Al principio decía que iba a ayudar.
La verdad es que no sabía hacer casi nada.
Sujetaba tornillos, pasaba trapos, lijaba donde él me decía y hacía café en vasos desparejados.
Thiago trabajaba despacio.
Muy despacio.
Quitaba una pieza, la miraba, la limpiaba, volvía a mirarla.
A veces pasaba diez minutos con un simple jugador de madera entre los dedos.
Yo me impacientaba.
“Podrías comprar piezas nuevas”, le dije una vez.
Él negó con la cabeza.
“Entonces ya no sería este futbolín.”
No discutía.
Solo lo decía.
Y seguía.
Había algo en esa forma suya de arreglar las cosas que me desarmaba.
Yo venía de relaciones en las que todo se cambiaba rápido.
Si algo molestaba, se evitaba.
Si algo dolía, se tapaba.
Si alguien fallaba, se sustituía.
Thiago no era así.
Él miraba las grietas.
No para juzgarlas.
Para entender por dónde había entrado el daño.
Una tarde encontró una inscripción muy pequeña, casi escondida, en la parte interior de una tabla.
Estaba escrita con bolígrafo negro, ya casi borrado.
“E. y L. — 1987.”
Me quedé callada.
Él pasó el pulgar por encima con mucho cuidado.
“L sería ella, ¿no?”
No hizo falta decir su nombre.
La mujer de don Emilio se llamaba Leonor.
Nos lo había contado él, casi de pasada, mientras subíamos el futbolín por la escalera.
Leonor.
La del delantal.
La de la bola de repuesto en el bolsillo.
La que jugaba fatal, pero ganaba siempre.
Esa noche, Thiago me preguntó si creía que deberíamos llamar a don Emilio para enseñarle el avance.
Yo dudé.
No quería molestar.
No quería removerle nada.
Pero Thiago ya tenía el móvil en la mano.
“No es remover”, dijo. “Es decirle que no se ha perdido.”
Don Emilio contestó al tercer tono.
Yo solo oí la voz de Thiago.
“Buenas tardes, don Emilio. Soy Thiago, el del futbolín.”
Una pausa.
“No, no lo he tirado por una ventana todavía.”
Otra pausa.
Thiago sonrió.
“Le mando una foto, si le parece.”
Le mandamos tres.
Una del futbolín medio desmontado.
Una de la inscripción.
Y una de la bola de corcho colocada sobre la mesa del taller.
Don Emilio no respondió enseguida.
Pasaron diez minutos.
Luego veinte.
Yo pensé que quizá habíamos hecho mal.
Hasta que llegó un mensaje.
No era largo.
Solo decía:
“Ella escribió eso el día que pintamos la barra. Gracias.”
Me quedé mirando la pantalla.
Thiago también.
Ninguno dijo nada.
A veces hay silencios que no son incómodos.
Son respetuosos.
Poco a poco, el futbolín empezó a parecer menos abandonado.
Thiago limpió las barras.
Cambió dos gomas que estaban rotas.
Arregló una pata que cojeaba.
Yo cosí, como pude, una pequeña funda de tela para guardar la bola de corcho.
Me salió torcida.
Thiago dijo que era perfecta.
Yo le dije que tenía un concepto muy flexible de la perfección.
Él me miró con esa sonrisa rara suya.
“La perfección aburre bastante.”
Yo bajé la mirada, porque sentí que no hablaba solo de la funda.
Para entonces ya nos veíamos casi todos los fines de semana.
Pero no teníamos prisa.
A mis 32 años, mucha gente esperaba que yo tuviera prisa.
Prisa por saber.
Prisa por definir.
Prisa por no perder el tiempo.
Pero con Thiago pasaba algo extraño.
No sentía que el tiempo se me escapara.
Sentía que, por fin, estaba dentro de mi propia vida.
Un domingo por la mañana fuimos a ver a don Emilio.
Thiago quiso llevarle una foto impresa del futbolín casi terminado.
“No todo el mundo mira bien las fotos en el móvil”, dijo.
Don Emilio abrió la puerta con una chaqueta de lana puesta aunque hacía sol.
La casa estaba más vacía que la primera vez.
Ya no había cajas en la entrada.
Había huecos.
Huecos en las paredes.
Huecos en las estanterías.
Huecos que se notaban aunque nadie los nombrara.
Nos invitó a pasar.
El salón olía a café reciente y a madera antigua.
Sobre la mesa tenía varias fotografías.
En una de ellas aparecía una mujer bajita, con el pelo rizado y una sonrisa enorme, apoyada en una barra de bar.
Detrás se veía el futbolín.
El mismo.
Más nuevo, más brillante, lleno de gente alrededor.
“Esa es Leonor”, dijo don Emilio.
No hizo falta que lo dijera.
La foto tenía ese tipo de alegría que no se puede fingir.
Don Emilio nos contó más cosas aquel día.
No muchas de golpe.
Las soltaba como quien reparte migas para que no se le rompa el pan entero.
Nos dijo que el bar se llamaba La Parada.
Un nombre simple, porque estaba cerca de una antigua parada de autobús.
Nos dijo que Leonor ponía tapa aunque el cliente solo pidiera agua.
Nos dijo que los viernes por la noche había tanto ruido que él juraba que el suelo temblaba.
Y que, cuando cerraron, lo que más le costó no fue bajar la persiana.
Fue dejar de oír el futbolín.
“Uno se acostumbra al ruido de la gente”, dijo. “Luego el silencio pesa mucho.”
Thiago escuchaba con los codos sobre las rodillas.
Yo lo miré de reojo.
Había hombres que, ante una tristeza ajena, cambiaban de tema.
Thiago no.
Thiago se quedaba.
Antes de irnos, don Emilio nos dio una caja pequeña.
“Esto estaba en un cajón del bar.”
Dentro había fotos, varias fichas antiguas, dos servilletas con cuentas escritas y tres jugadores de futbolín sueltos.
Uno rojo.
Dos azules.
Uno de los azules estaba sin pintar por un lado.
“Leonor decía que ese era suplente”, murmuró.
Thiago no quiso aceptar la caja al principio.
Pero don Emilio la empujó hacia él.
“Yo me voy a un piso más pequeño. Con mi hija. No puedo llevarme todo. Pero tampoco quiero que todo acabe dentro de una bolsa.”
Thiago asintió.
“Lo guardaremos bien.”
Don Emilio me miró entonces a mí.
“No le deje hacerlo demasiado nuevo.”
Me sorprendió que me hablara como si yo tuviera autoridad sobre aquel proyecto.
Pero respondí enseguida.
“No le dejaré.”
Y cumplí.
Cuando Thiago quiso barnizar demasiado una parte, le dije que no.
Cuando quiso sustituir al jugador azul sin cabeza, le dije que ni hablar.
Cuando encontró una pieza más moderna que encajaba mejor, le recordé lo que don Emilio había dicho.
“No demasiado nuevo.”
Él levantaba las manos.
“Vale, vale. La jefa del futbolín ha hablado.”
Yo fingía enfadarme.
Pero por dentro me gustaba.
No lo de mandar.
Lo de formar parte.
Un mes después, el futbolín llegó a mi piso.
En teoría era temporal.
Thiago no tenía sitio.
Yo sí tenía un salón amplio, aunque después del futbolín dejó de parecer amplio.
Lo subimos entre él, su hermano y un vecino que bajó “solo a mirar” y acabó sudando como todos.
Cuando por fin lo colocamos junto a la pared, mi salón parecía otro.
Más pequeño.
Más raro.
Más vivo.
Thiago puso la bola de corcho en el centro.
No la usamos para jugar.
Era demasiado vieja.
Demasiado ligera.
Demasiado de Leonor.
La dejamos encima, como un pequeño corazón redondo.
Esa noche pedimos comida sencilla y nos sentamos en el suelo.
El futbolín estaba ahí, enorme, absurdo, ocupando un espacio que antes no sabía que estaba vacío.
Thiago me miró.
“Te prometo que, si te hartas de él, lo saco.”
Yo miré el jugador azul sin cabeza.
Miré las marcas en la madera.
Miré la inscripción que Thiago había decidido dejar visible en un lateral interior.
Y dije:
“No. Que se quede.”
No sabía entonces que aquella frase no hablaba solo del futbolín.
Con el tiempo, empezamos a invitar a gente.
Primero vinieron dos amigos míos.
Luego el hermano de Thiago.
Después una vecina del segundo que escuchó el ruido y llamó al timbre con una bolsa de patatas, diciendo que ella también sabía jugar.
Aquello se convirtió, sin que lo planeáramos, en una pequeña costumbre.
Los domingos por la tarde, alguien pasaba por casa.
No mucha gente.
Nada grande.
Un café.
Unas risas.
Una partida.
Alguien siempre se golpeaba la cadera con la esquina.Alguien siempre decía:
“Este trasto ocupa demasiado.”
Y luego se quedaba otra hora.
Yo empecé a entender lo que don Emilio quería decir.
Un futbolín sin bola era un mueble triste.
Pero un futbolín sin gente era algo peor.
Era memoria encerrada.
Así que un domingo llamamos a don Emilio.
Thiago fue directo.
“Don Emilio, el futbolín está haciendo ruido otra vez. Debería venir a comprobar que no lo hemos estropeado.”
Hubo una pausa larga.
Pensé que diría que no.
Pero preguntó:
“¿Sigue sin cabeza el azul?”
“Por supuesto”, dije yo, acercándome al móvil.
Don Emilio soltó una risa pequeña.
“Entonces voy.”
Vino con su hija una semana después.
Entró despacio, apoyado en un bastón sencillo.
Traía camisa clara, como la primera vez, y los zapatos limpios.
Al ver el futbolín, se quedó quieto.
Nadie habló.
Ni su hija.
Ni Thiago.
Ni yo.
Don Emilio caminó hasta él y puso una mano sobre la madera.
No acarició.
No golpeó.
Solo apoyó la palma, como quien saluda a alguien conocido.
“Hola, viejo”, murmuró.
A mí se me hizo un nudo en la garganta.
Thiago bajó la mirada.
Su hija se limpió una lágrima antes de que cayera.
Luego pasó algo que todavía hoy recuerdo como una de las escenas más bonitas de mi vida.
Don Emilio pidió jugar.
“Pero aviso”, dijo. “Yo era portero. Leonor era la peligrosa.”
Le pusimos del lado azul.
Thiago se puso enfrente.
Yo hice de árbitro, aunque no tenía ni idea.
La bola que usamos era nueva.
La de corcho seguía arriba, mirando.
Al principio don Emilio movía las barras despacio.
Como si sus manos tuvieran que recordar.
Luego, de repente, marcó un gol absurdo, rebotado, feísimo.
El salón estalló en risas.
Don Emilio levantó los brazos.
“Ese era de Leonor”, dijo.
Y por un momento, no vi a un hombre mayor visitando un piso ajeno.
Vi a un camarero de barrio en su bar.
Vi a una mujer con una bola en el bolsillo del delantal.
Vi noches de viernes.
Voces.
Vasos.
Manos apoyadas en madera.
Vida.
Después de aquella tarde, don Emilio vino más veces.
No cada domingo.
Solo cuando le apetecía o cuando su hija podía traerlo.
A veces jugaba.
A veces solo miraba.
A veces nos contaba historias del bar.
La del cliente que pedía siempre lo mismo y nunca sabía cómo se llamaba.
La del chaval que celebró allí su primer trabajo.
La de una pareja que se conoció discutiendo por una partida y acabó casándose.
“Un futbolín junta a gente que no sabe cómo empezar a hablar”, decía.
Yo miraba a Thiago.
Y pensaba que tenía razón.
Un año después de aquella primera cita rara, Thiago me pidió que viviera con él.
Bueno, no lo hizo de forma normal.
Estábamos limpiando debajo del futbolín, porque se había caído una moneda y no aparecía.
Él estaba de rodillas, con una linterna en la boca.
Yo estaba tumbada en el suelo, intentando no reírme.
De repente, dijo:
“Podríamos buscar un piso donde este bicho no bloquee media vida.”
Yo le contesté:
“Eso suena práctico.”
Él sacó la linterna de la boca.
“Quiero decir contigo. Un piso contigo. Y con el bicho.”
Me quedé quieta.
No porque dudara.
Sino porque nadie me había pedido algo importante de una manera tan poco preparada y tan verdadera.
Me dio la risa.
Luego me entraron ganas de llorar.
Luego le dije que sí.
Nos mudamos meses después.
El futbolín fue lo primero que entró en el nuevo salón.
No por necesidad.
Por superstición.
Thiago dijo que si había empezado todo con él, debía entrar antes que el sofá.
Yo acepté.
A esas alturas ya sabía que algunas tonterías son, en realidad, formas de cuidar una historia.
Invitamos a don Emilio el día que terminamos de colocar las cosas.
Él llegó con una bolsa de papel.
Dentro había un delantal doblado.
Era de Leonor.
Blanco, con una mancha antigua que no había salido nunca.
“Lo encontré en una caja”, dijo. “No sé por qué lo guardé tanto tiempo.”
Yo lo sujeté con cuidado.
“No tiene que dárnoslo.”
Don Emilio negó.
“No os lo doy para que lo guardéis. Os lo doy para que no esté solo.”
Esa frase se me quedó clavada.
Hay objetos que no necesitan vitrina.
Necesitan manos cerca.
Necesitan ruido.
Necesitan una casa donde alguien diga:
“Cuidado con la esquina.”
Colgamos el delantal en la pared, junto al futbolín.
No como decoración bonita.
Como recuerdo vivo.
El día de nuestra boda, dos años después de aquella furgoneta blanca, no hicimos nada grande.
Un acto sencillo.
Comida con la familia.
Amigos cercanos.
Risas.
Nadie tiró arroz porque a mí me daba pereza barrerlo del pelo.
Al volver a casa, todavía con los zapatos puestos y el cansancio en la cara, Thiago dejó las llaves sobre la mesa y me miró.
“¿Una partida?”
Yo me reí.
“¿Ahora?”
“Ahora.”
Jugamos vestidos de boda, en nuestro salón, con las mangas remangadas.
Yo marqué el primer gol.
Thiago dijo que había sido suerte.
Yo le dije que Leonor estaba de mi parte.
Encima del futbolín, la bola de corcho seguía en su sitio.
Vieja.
Ligera.
Silenciosa.
Pero rodeada de vida.
Meses después, don Emilio enfermó un poco.
Nada dramático de contar aquí.
Cosas de la edad, decía él.
Su hija nos llamaba de vez en cuando.
Algunos domingos ya no podía venir.
Entonces fuimos nosotros.
Le llevábamos fotos impresas, porque seguía diciendo que en el móvil todo se veía “sin alma”.
Fotos del futbolín.
De partidas.
De amigos.
De mi sobrino pequeño intentando mover todas las barras a la vez.
De Thiago perdiendo con mucha dignidad, o con ninguna.
Don Emilio las guardaba en una caja junto a las antiguas del bar.
Una tarde, al ver una foto del salón lleno de gente, sonrió mucho rato.
“Ya no está callado”, dijo.
No supe qué contestar.
Así que le apreté la mano.
A veces, la respuesta más honesta es no llenar el silencio.
Hoy han pasado varios años.
Thiago sigue arreglando cosas.
Sillas, lámparas, una radio vieja que solo funciona cuando le da la gana.
Yo sigo fingiendo que me molesta cuando trae otro trasto a casa.
Pero los dos sabemos la verdad.
Me gustan las cosas que llegan con historia.
Quizá porque yo también llegué a aquella primera cita con mis propias grietas.
Con cansancio.
Con miedo.
Con la sensación de haber repetido demasiadas veces las mismas conversaciones vacías.
Y Thiago no intentó convertirme en una versión nueva de mí.
No me lijó hasta dejarme brillante.
No me cambió las piezas.
Solo me miró con calma.
Como miraba la madera rayada del futbolín.
Como si algo usado no fuera algo roto.
Como si algo cansado todavía pudiera volver a hacer ruido.
A veces vienen amigos a casa y preguntan por qué conservamos ese mueble enorme.
Por qué no compramos uno moderno.
Por qué dejamos al jugador azul sin cabeza.
Por qué hay una bola vieja de corcho que nadie toca.
Yo suelo contar la versión corta.
Que fue nuestra primera cita.
Que lo rescatamos de una casa en las afueras.
Que perteneció a un bar de barrio.
Pero, por dentro, sé que es más que eso.
Ese futbolín fue la primera vez que vi a Thiago cuidar algo que no le pertenecía todavía.
Fue la primera vez que entendí que una persona puede decir mucho sin intentar impresionar.
Fue la primera vez que yo aparecí a una cita sin disfraz, con zapatillas, con miedo y con curiosidad.
Y fue la primera vez que, en lugar de preguntarme si estaba siendo demasiado, sentí que podía ser simplemente yo.
Don Emilio ya no viene tanto.
Pero cuando viene, se sienta cerca del futbolín, mira el delantal de Leonor y siempre dice lo mismo:
“Ella habría hecho trampas.”
Y nosotros siempre respondemos:
“Seguro.”
Entonces jugamos una partida.
Despacio.
Con risas.
Con cuidado.
Como se cuidan las cosas que han sobrevivido al silencio.
Y cada vez que la bola golpea la madera, pienso que el amor no siempre llega limpio, ligero y fácil.
A veces llega pesado.
Rayado.
Incómodo.
Difícil de subir por una escalera.
A veces te deja las manos negras, el pelo revuelto y la espalda molida.
Pero si la persona que tienes al lado se ríe contigo en mitad del atasco, escucha cuando algo duele y promete cuidar lo que para otro fue importante, quizá ahí hay una señal.
No una señal perfecta.
Una señal humana.
Y esas, al final, son las únicas que merecen la pena.