no empieces. Maya siempre está haciendo dramas.
La miré.
—¿Dramas?
Mi hermana cruzó los brazos.
—Es demasiado sensible. No sabe comportarse como la esposa de un empresario.
Sentí que las manos me temblaban.
—La encontré comiendo arroz sobrante y espinas de pescado en el suelo de la cocina.
El rostro de mi madre cambió.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después respondió:
—Esa muchacha necesita aprender humildad.
Me quedé mirándola.
—¿Humildad?
Doña Olivia levantó la barbilla.
—Desde que llegó a esta familia, se comporta como si todo le perteneciera.
Solté una risa amarga.
—Es mi esposa. Esta también es su casa.
Stella intervino:
—¡Pero no pertenece a nuestra clase social!
La miré directamente.
—¿Y eso te da derecho a humillarla?
Mi hermana apartó la mirada.
Mi madre golpeó la mesa.
—¡No permitiré que una desconocida te ponga en mi contra!
Sentí una tristeza profunda.
—Mamá, no fue Maya quien me puso en tu contra.
Señalé hacia la cocina.
—Fuiste tú.
Doña Olivia intentó acercarse.
—Marco, escúchame. Todo lo hice por tu bien.
Negué lentamente.
—No vuelvas a utilizar esas palabras para justificar lo que has hecho.
Después miré a Stella.
—Quiero que me devuelvas el teléfono de Maya.
Mi hermana palideció.
—¿Qué teléfono?
—El que le quitaste.
—No sé de qué hablas.
Saqué mi móvil.
—Entonces llamaremos a seguridad y revisaremos los registros de acceso a las habitaciones.
Stella miró a mi madre.
Aquella reacción fue suficiente.
—Está en mi dormitorio —admitió finalmente.
—Tráelo.
Stella no se movió.
—Marco…
—Ahora.
Mi hermana salió del comedor.
Regresó minutos después con el teléfono.
Me lo entregó sin mirarme.
—No hicimos nada malo.
Lo guardé.
—Eso lo determinaremos cuando revisemos todo.
Mi madre comenzó a llorar.
—¿Vas a elegir a esa mujer antes que a tu propia familia?
La miré.
Durante años había escuchado aquella pregunta.
Cada vez que defendía a Maya.
Cada vez que intentaba establecer límites.
Cada vez que pedía respeto.
Pero aquella noche comprendí algo.
Mi madre no estaba pidiéndome que eligiera entre dos personas.
Me estaba exigiendo que aceptara su crueldad para demostrarle lealtad.
—Maya es mi familia —respondí.
Doña Olivia se quedó inmóvil.
—Yo soy tu madre.
Asentí.
—Y siempre lo serás. Pero eso no te da derecho a maltratar a mi esposa.
Llamé al responsable de seguridad.
Le pedí que preservara las grabaciones disponibles de las zonas comunes y los registros de acceso.
También solicité que nadie borrara archivos ni retirara documentos relacionados con la administración de la casa.
Mi madre se puso furiosa.
—¡No puedes tratarme como a una delincuente!
La miré.
—Entonces no debiste comportarte como si pudieras hacer cualquier cosa sin consecuencias.
Regresé a la cocina.
Maya estaba sentada junto a Rosa.
Había comido un poco.
Cuando me vio, se levantó inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Le tomé la mano.
—Nos vamos.
—¿Y tus cosas?
—Pueden esperar.
Maya me miró con incertidumbre.
—¿Estás seguro?
La abracé.
—Nunca he estado más seguro.
Aquella noche nos alojamos en un hotel.
Pedí una habitación tranquila.
Maya se duchó.
Le compré ropa limpia y artículos personales.
Después cenamos juntos.
Pero apenas comió.
Cada vez que alguien llamaba a la puerta, se sobresaltaba.
Cuando intenté abrazarla, se puso rígida.
Me aparté inmediatamente.
—Perdóname.
Maya me miró confundida.
—¿Por qué?
—Porque no me di cuenta de lo que estabas viviendo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No podías saberlo todo.
Negué.
—Pero sí sabía que mi madre y Stella te despreciaban. Y aun así te dejé sola con ellas.
Maya guardó silencio.
Aquello me dolió más que cualquier reproche.
A la mañana siguiente contraté a una abogada independiente.
Se llamaba Patricia Reyes.
Le expliqué lo ocurrido.
Patricia escuchó atentamente.
Después dijo:
—Lo primero es proteger a su esposa y documentar los hechos. También debemos revisar las condiciones laborales de las empleadas domésticas,
PARTE4

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