Luka se volvió hacia él.
Por un instante, ambos parecieron querer abrazarse.
Pero Luka dio un paso atrás.
—No me llames así.
Robert sintió aquellas palabras como un golpe.
—Luka, por favor…
—Durante treinta años creí que eras mi padre. Me enseñaste a caminar, me ayudaste con mis estudios y me acompañaste cuando murió la mujer que me crió. Nunca tuve motivos para dudar de ti.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué encontré documentos que decían que mi hermano estaba vivo?
Robert bajó la mirada.
—No lo sabía.
—¿Y por qué hay una firma tuya en los registros de la clínica?
El médico respiró profundamente.
—Porque trabajé allí. Pero no recuerdo haber autorizado ninguna separación ilegal. Necesito que investiguemos los documentos antes de sacar conclusiones.
Luka soltó una risa triste.
—Siempre hay una explicación, ¿verdad?
—No estoy intentando ocultarte nada.
—¡Llevo siete meses huyendo de personas que querían que dejara de investigar! —gritó Luka—. ¡Encontré amenazas, documentos falsificados y transferencias de dinero a cuentas que nadie quería reconocer! Y cada vez que intentaba acercarme a la verdad, aparecía alguien que me advertía que debía detenerme.
Robert se quedó en silencio.
Luka continuó:
—La última noche recibí una llamada. Una mujer me dijo que sabía dónde estaba Marko. Me dio una dirección y me pidió que fuera solo. Cuando llegué, encontré mi coche destrozado y a dos hombres esperándome.
Ivana sintió un escalofrío.
—¿Qué te hicieron?
—Me golpearon y me quitaron el teléfono. Conseguí escapar, pero tuve que esconderme. Durante semanas no pude comunicarme con nadie sin poner en peligro a las personas que quería.
Ivana lo miró con lágrimas en los ojos.
—¿Y yo? ¿No pensaste que tenía derecho a saber que estabas vivo?
Luka cerró los ojos.
—Sí. Cada día. Pero cometí un error terrible: pensé que, si mantenía la distancia, podría protegerte. No comprendí que mi silencio también te estaba haciendo daño.
—No necesitaba que decidieras por mí. Necesitaba que confiaras en mí.
Luka asintió lentamente.
—Lo sé.
El bebé comenzó a llorar.
Ivana lo meció con suavidad.
Luka observó al pequeño con una expresión que hizo que el corazón de Ivana se encogiera.
No estaba mirando a un desconocido.
Estaba mirando al hijo que había esperado durante meses sin saber si llegaría a conocerlo.
—¿Puedo saber su nombre? —preguntó.
Ivana tardó en responder.
—Todavía no se lo he puesto.
Luka tragó saliva.
—¿Puedo proponerte uno?
—No sé si estoy preparada para escuchar tus propuestas.
—Lo entiendo. Solo quiero decirte que, cuando descubrí la existencia de Marko, pensé en una cosa: si algún día teníamos un hijo, quería que creciera sabiendo que su historia le pertenece. Que nadie tiene derecho a cambiar su nombre, su identidad o su pasado para proteger una fortuna.
Ivana bajó los ojos hacia el recién nacido.
Durante unos segundos, el ruido del hospital pareció desaparecer.
—Se llamará Daniel —dijo finalmente—. Daniel Horvat. Y cuando crezca, conocerá la verdad. Toda la verdad, no solo la parte que le convenga a nuestra familia.
Luka lloró en silencio.
—Es un nombre precioso.
Ivana no lo perdonó en aquel instante.
Pero tampoco le dio la espalda.
Y para ambos, aquello fue suficiente para dar el primer paso.
Sin embargo, todavía quedaba una pregunta.
¿Dónde estaba Marko?
## La llamada de las 3:17 de la madrugada
A las tres y diecisiete de la madrugada, uno de los agentes recibió una llamada urgente.
La policía había localizado un automóvil registrado a nombre de una empresa vinculada a la antigua clínica donde habían nacido los gemelos.
El vehículo estaba estacionado frente a una casa abandonada, a unos cuarenta kilómetros del hospital.
En su interior encontraron una carpeta con fotografías, copias de documentos y una lista de nombres.
Uno de ellos era el de Robert Horvat.
Otro era el de Luka.
Y el tercero era el de Ivana.
Pero lo que hizo que los agentes solicitaran refuerzos fue una fotografía tomada apenas dos días antes.
En ella aparecía Marko, sentado en una habitación oscura, con las manos atadas.
En la pared detrás de él había un mensaje escrito con pintura negra:
«UN SOLO HEREDERO. UNA SOLA VERDAD».
Luka miró la imagen y se quedó sin habla.
—Está vivo —susurró—. Lo tienen ellos.
Robert se acercó a la fotografía.
—Tenemos que encontrarlo.
—No —respondió Luka—. Esta vez no vamos a hacer nada sin la policía. Ya perdí siete meses intentando resolverlo por mi cuenta.
Ivana lo observó.
Era la primera vez desde su regreso que escuchaba a Luka reconocer que no podía hacerlo todo solo.
El agente guardó la fotografía en una bolsa de pruebas.
—Necesitamos saber quién conocía la ubicación de Marko y quién tenía acceso a los documentos originales de la clínica.
Robert palideció.
—Hay una persona que podría saberlo.
—¿Quién? —preguntó Ivana.
El médico tardó varios segundos en responder.
—Elena.
Luka levantó la cabeza de golpe.
—¿Mi madre?
Robert asintió.
—La mujer que te crio. Antes de morir, me pidió que nunca investigara el pasado de los gemelos. Me dijo que había prometido guardar un secreto para protegerte.
Luka parecía incapaz de respirar.
—Mi madre murió hace cinco años. ¿Por qué nunca me contaste esto?
—Porque pensé que quería protegerte de algo que no comprendías. Y porque confié en ella.
—¿Y si ella también estaba involucrada?
Robert no respondió.
El silencio que siguió fue peor que cualquier confesión.
Durante treinta años, Luka había vivido creyendo que su historia era sencilla: había nacido, su madre lo había criado y Robert había ocupado el lugar de su padre.
Ahora descubría que quizá las personas que más lo habían amado también habían participado en una mentira.
Y lo más doloroso era que ya no podía preguntarles qué había ocurrido.
O eso creía.
Porque, justo cuando el agente se preparaba para salir, el teléfono de Robert comenzó a sonar.
En la pantalla apareció un nombre que nadie había visto en años.
ELENA HORVAT.
Robert dejó caer el teléfono.
Ivana lo miró horrorizada.
—Pero usted acaba de decir que murió hace cinco años.
El teléfono siguió sonando.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Luka se acercó lentamente a la pantalla.
—Contesta.
Robert negó con la cabeza.
—No puede ser ella.
—¡Contesta! —insistió Luka.
El médico deslizó el dedo por la pantalla y activó el altavoz.
Al principio solo se escuchó una respiración entrecortada.
Después, una voz femenina pronunció su nombre.
—Robert…
El médico se llevó una mano a la boca.
—Elena…
—No tengo mucho tiempo —dijo la mujer—. Escúchame con atención. Marko está vivo, pero no es el único al que han estado buscando.
Robert sintió que las piernas le fallaban.
—¿Qué quieres decir?
La voz comenzó a llorar.
—Hay un tercer documento. Un registro que demuestra que los gemelos no fueron los únicos bebés trasladados aquella noche.
Luka se acercó al teléfono.
—¿Quién eres? ¿Qué hiciste con mi hermano?
La mujer guardó silencio.
Después pronunció una frase que hizo que todos se quedaran inmóviles.
—Luka, hijo… hay algo que nunca te conté. Marko no fue el único niño al que te separaron al nacer.
Ivana apretó a Daniel contra su pecho.
—¿Qué significa eso? —preguntó.
La voz de Elena tembló.
—Significa que durante treinta años creíste que tenías un solo hermano. Pero la verdad es que nacieron tres niños aquella noche.
Robert retrocedió hasta la pared.
—¡Eso es imposible!
—No, Robert. Lo imposible es que hayas pasado treinta años sin descubrirlo.
Se escuchó un ruido al otro lado de la llamada.
La mujer soltó un grito ahogado.
—¡Me han encontrado!
—¡Elena! —gritó Robert—. ¡Dime dónde estás!
Pero antes de que pudiera responder, la llamada se cortó.
Durante varios segundos nadie se movió.
Después, el teléfono recibió un último mensaje.
Una ubicación.
Y una fotografía.
Era la imagen de una habitación con tres cunas.
Debajo, alguien había escrito:
«EL TERCER HEREDERO YA HA ENCONTRADO A SU FAMILIA. Y AHORA VIENE POR DANIEL».
Ivana sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor.
Miró a Luka.
Luka miró a Robert.
Y Robert, por primera vez en su vida, comprendió que el secreto que había intentado enterrar durante treinta años no estaba relacionado únicamente con la herencia de su familia.
Estaba relacionado con tres vidas humanas.
Tres niños separados por una mentira.
Y un recién nacido que, sin haber cumplido siquiera un día de vida, ya se encontraba en el centro de una historia mucho más peligrosa de lo que cualquiera de ellos podía imaginar.
Ivana besó la frente de Daniel y susurró:
—Te prometo que nadie volverá a decidir tu destino sin que yo luche por ti.
Luka se acercó a ella, pero no intentó abrazarla.
—No voy a pedirte que vuelvas a confiar en mí de inmediato —dijo—. Solo te pido que me permitas ayudarte a protegerlo.
Ivana lo miró durante largo rato.
Después extendió una mano.
Luka la tomó con cuidado.
No era un perdón.
Era una oportunidad.
Y ambos sabían que tendrían que ganársela.
Porque al amanecer comenzarían a buscar a Elena, a Marko y al misterioso tercer hermano.
Y cuando descubrieran quién había organizado aquella separación, quizá entenderían por qué alguien estaba dispuesto a destruir a toda la familia Horvat para mantener el secreto oculto.
Pero lo que ninguno de ellos sabía era que, en una habitación situada a pocos kilómetros del hospital, un hombre observaba una fotografía de Daniel.
La sostuvo entre los dedos y sonrió con tristeza.
—Por fin has nacido —murmuró—. Tu padre todavía no sabe quién eres realmente.
Después guardó la fotografía en un sobre.
En el exterior escribió tres palabras:
«PARA IVANA. URGENTE».
Y debajo añadió una última frase:
«Si quieres salvar a tu hijo, no confíes en el hombre que acaba de regresar de entre los muertos».
FIN DE LA PARTE 3

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