Estaba festejando mi cumpleaños sola y apareció mi primer amor.
La vela solitaria parpadeaba sobre mi pequeño trozo de pastel de chocolate, proyectando sombras danzantes en el mantel a cuadros del restaurante. Ochenta y nueve años cumplía hoy, y aquí estaba, celebrando sola como tantos otros años recientes. Las ruedas de mi silla chirriaron suavemente mientras me acercaba más a la mesa.
“Pide un deseo, Elena,” me susurré a mí misma, como solía hacer cuando era niña.
Cerré los ojos y me preparé para soplar cuando escuché el sonido de una silla arrastrándose. Al abrir los ojos, un hombre se había sentado frente a mí. El corazón me dio un vuelco. Esos ojos verdes, aunque ahora rodeados de arrugas, los reconocería en cualquier parte.
—¿Roberto? —murmuré, mi voz apenas un susurro.
Él sonrió, esa misma sonrisa tímida que me había enamorado hace más de sesenta años.
—Hola, Elena. Feliz cumpleaños.
Mis manos temblaron ligeramente. No podía creer lo que veían mis ojos.
—¿Cómo… cómo supiste que estaría aquí?
—Tu sobrina Carmen me lo dijo. Nos encontramos en el supermercado la semana pasada. —Se pasó una mano por el cabello, ahora completamente blanco—. Espero que no te moleste que haya venido.
—¿Molestarme? —Una risa nerviosa escapó de mis labios—. Roberto, no te he visto en…
—Sesenta y dos años —completó él—. Lo sé. Los he contado.
El silencio se extendió entre nosotros, cargado de décadas de preguntas sin respuesta. Roberto se levantó y desapareció por unos momentos. Cuando regresó, cargaba una hermosa torta de tres pisos, decorada con rosas blancas y pequeñas violetas de azúcar, mis flores favoritas.
—Roberto… —Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos—. Es preciosa.
—Como tú —dijo simplemente, colocando la torta sobre la mesa—. Siempre fuiste preciosa, Elena.
—Estamos viejos, Roberto. Mírame, en esta silla de ruedas, con todas estas arrugas…
—Yo te veo exactamente igual que aquella tarde en el parque, cuando me dijiste que tu padre nos había prohibido vernos. —Su voz se quebró ligeramente—. Nunca dejé de verte así.
Las lágrimas rodaron libremente por mis mejillas.
—¿Por qué nunca trataste de encontrarme después? Esperé tanto tiempo…—Lo intenté. —Roberto tomó mis manos arrugadas entre las suyas—. Tu familia se mudó. Pregunté por ti durante años. Cuando finalmente te encontré, ya estabas casada con Hernán. Tenías hijos. Te veías feliz en la plaza con tu familia.
—¿Me viste? —Mi corazón se aceleró.
—Muchas veces. Pero no quería interrumpir tu felicidad. Te merecías ser feliz, Elena.
—Fui feliz —admití—. Hernán fue un buen hombre. Pero siempre… siempre quedó una parte de mi corazón que era solo tuya.
Roberto apretó mis manos con más fuerza.
—¿Sabes qué deseé cuando soplé las velas en mi cumpleaños ochenta y ocho el año pasado?
Negué con la cabeza.
—Deseé verte una vez más. Solo una vez más. Para poder decirte que nunca dejé de amarte.
—Roberto…
—Y tú, ¿qué ibas a pedir cuando llegué?
Sonreí a través de las lágrimas.
—Lo mismo. Deseaba poder decirle a mi primer amor que nunca lo olvidé.
Él se acercó y, con una gentileza infinita, secó una lágrima de mi mejilla.
—¿Crees que es demasiado tarde para nosotros?
—Tengo ochenta y nueve años, Roberto. Tú tienes noventa y uno.
—Eso no responde mi pregunta.
Miré la hermosa torta, luego sus ojos verdes que aún brillaban con el mismo amor de nuestra juventud.
—Nunca es demasiado tarde para el amor verdadero —susurré.
Roberto sonrió y se inclinó hacia adelante.
—Entonces, ¿me harías el honor de soplar estas velas conmigo?
—Me encantaría.
Juntos, inclinamos nuestras cabezas canosas hacia las velas. Al contar de tres, soplamos al mismo tiempo, y en ese momento, sentí que el tiempo se había detenido. A los ochenta y nueve años, había encontrado nuevamente a mi primer amor, y el corazón me latía como si tuviera dieciséis años otra vez.
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