PARTE 2
Sofía se vio a sí misma tirada en el suelo, pequeña, inmóvil, cubierta por una capa fina de nieve y polvo. Al principio no entendió. Intentó tocarse la cara, sacudir sus propios hombros, despertar. Sus manos atravesaron su cuerpo como si fueran humo. Entonces sintió que algo la jalaba hacia su casa. No caminó. Flotó. Atravesó la calle, la reja, la puerta principal y subió hasta el segundo piso. La llevó directamente a la habitación prohibida, esa puerta que Alejandro siempre mantenía cerrada con llave. Al cruzarla, Sofía se quedó sin aliento, aunque ya no sabía si todavía respiraba. La habitación no era un cuarto cualquiera. Era un altar. Las paredes estaban llenas de fotografías de Mariana: Mariana en Xochimilco, Mariana con uniforme de preparatoria, Mariana riendo frente a un puesto de elotes, Mariana vestida de novia, Mariana embarazada, sosteniendo su vientre con ternura. En el escritorio había flores secas, veladoras apagadas y decenas de cartas. Sofía se acercó. Todas empezaban igual: “Mariana…” Eran cartas de su papá. Leyó una al azar. “Hoy Sofía cumplió tres años. Encontró una foto tuya y se durmió abrazándola. No supe qué hacer. Quise quitársela porque me dolía verla con tus ojos, pero no pude. Tiene tu misma mirada. Cuando sonríe, es como si tú regresaras un segundo y luego te fueras otra vez.” Sofía sintió algo extraño. No era alegría. Era confusión. Siguió leyendo. “Yo sé que no es su culpa, Mariana. En el fondo lo sé. Pero cada vez que la veo, recuerdo la puerta del hospital, el doctor saliendo, la frase que me destruyó. No pude despedirme de ti. Y ella llegó cuando tú te fuiste. Soy un cobarde. La estoy castigando por un dolor que no sabe cargar.” Sofía tembló. Su papá sabía. Siempre había sabido que no era culpa de ella. Buscó más cartas. La última tenía fecha de tres meses atrás. “Mariana, hoy me dijeron que Sofía está enferma. Tiene un tumor en el estómago. El doctor dice que es grave, pero operable. Si conseguimos el dinero a tiempo, tiene muchas probabilidades de vivir. Vendí mi reloj, pedí horas extra, hablé con el dueño del taller. No le he dicho nada. ¿Cómo le digo que quiero salvarla si llevo ocho años haciéndola creer que la odio?” Las letras del final estaban corridas, manchadas por lágrimas. Sofía quiso gritar. Papá sabía que estaba enferma. Papá estaba juntando dinero. Papá la quería. Pero ella seguía viendo su cuerpo tirado en el panteón, esperando a que alguien llegara demasiado tarde. De pronto escuchó un ruido abajo. Alejandro estaba en la cocina. Se había sentado en el suelo, junto al pastel destruido. Tenía los pedazos de crema entre las manos, intentando juntarlos como si pudiera arreglarlo. —Sofi… —murmuró con la voz rota—. Perdóname, mi niña. Nunca lo había escuchado llorar así. No era un llanto fuerte. Era peor. Era el llanto de alguien que se está cayendo por dentro. Sofía quiso tocarle el hombro. Quiso decirle que había leído todo. Que ya sabía. Que no se fuera a romper. Pero no pudo. Una luz blanca la envolvió. Cuando abrió los ojos, estaba en un hospital. El techo era blanco, las sábanas olían a desinfectante y tenía una vía en el brazo. —Despertaste, mi niña. A su lado estaba una mujer mayor, de cabello canoso y rostro amable. —Soy doña Teresa. Vivo detrás del panteón. Fui a dejar flores a mi esposo y te encontré tirada junto a la tumba. Llamé a la ambulancia. Sofía parpadeó. —¿Mi papá vino? Doña Teresa bajó la mirada. —Le avisaron. Pero no ha venido. Sofía cerró los ojos. Antes, esas palabras la habrían destruido. Ahora dolían distinto. Porque ya no eran prueba de odio. Eran prueba de miedo. Doña Teresa le acarició la mano. —Yo conocí a tu mamá. Sofía abrió los ojos de golpe. —¿De verdad? —Mariana era mi vecina. Era alegre, terca, buena para cantar y pésima para hacer arroz. Cuando supo que estaba embarazada de ti, lloró de felicidad. Te quería, Sofía. Te quería antes de verte. La niña apretó la sábana. —Pero todos dicen que yo la maté. Doña Teresa endureció el rostro. —Eso es una barbaridad. Tu mamá murió por una complicación médica. Nadie tuvo la culpa. Mucho menos una bebé. Por primera vez en ocho años, Sofía escuchó la verdad dicha sin miedo. Doña Teresa continuó: —Tu papá quedó destruido. Pero tus abuelos hicieron algo terrible. En vez de ayudarlo a sanar, le metieron veneno. Le repetían que tú eras la causa de todo. Y cuando una persona está rota, a veces cree la mentira que más se parece a su dolor. Sofía recordó las cartas. —Él sabe que estoy enferma. —Sí. Y no era el único que sabía. La niña se incorporó lentamente. —¿Qué quiere decir? Doña Teresa dudó. —El hospital llamó también a tus abuelos. Estaban registrados como contacto familiar. Ellos sabían del tumor desde el principio. A Sofía se le heló la sangre. —Pero nunca dijeron nada. —No. Ese silencio fue más cruel que cualquier grito. Durante los días siguientes, mientras se recuperaba, doña Teresa le llevó una caja de madera. —Tu mamá me pidió que guardara esto —dijo—. Me dijo que te lo diera cuando llegara el momento. En la tapa decía, con letra delicada: “Para mi Sofía, cuando necesite recordar quién es.” Dentro había una carta. Sofía la leyó con manos temblorosas. “Mi niña hermosa: si algún día alguien te hace sentir que tu vida empezó con una deuda, no le creas. Tú no me quitaste nada. Tú me diste la alegría más grande que conocí. Si yo no estoy, quiero que sepas que te esperé con amor, que te canté cada noche y que elegí tu nombre porque soñé con una niña de ojos fuertes llamada Sofía.” Cuando terminó, no lloró. Guardó la carta contra su pecho. Y entendió que ya no quería pedir permiso para vivir. Al cuarto día, salió del hospital con la carta en el abrigo y una decisión fría en el corazón. Fue al panteón, se arrodilló ante la tumba de Mariana y habló por primera vez sin culpa. —Mamá, ya no vine a pedirte perdón. Vine a prometerte que voy a vivir. Y voy a hacer que papá lea tus palabras. Después caminó a casa. La puerta estaba entreabierta. Adentro, escuchó voces. Sus abuelos estaban en la sala. Y justo cuando entró, su abuela la miró con desprecio y dijo: —Mira nada más… la desgraciada sobrevivió.
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