Tengo 40 años y llevo más de diez trabajando como encargada de turno
en una farmacia de cadena que está abierta las veinticuatro horas.
En
este trabajo una aprende a leer a la gente desde que cruza la puerta de
cristal. La noche del jueves pasado hacía un frío terrible y la
farmacia estaba colapsada de gente enferma y de mal humor.
En
la caja principal estaba doña Esther, una señora de unos setenta y
tantos años, muy humilde, con un rebozo gastado. Llevaba en el mostrador
dos cajas de insulina para su esposo diabético.
El total era de ochocientos cincuenta pesos. La pobre señora vació un
monedero de tela sobre el vidrio y empezó a contar monedas de diez y
billetes arrugados de veinte, pero sus manos temblorosas no le daban
abasto. Le faltaban casi trescientos pesos.
Detrás
de ella en la fila estaba una mujer de unos cuarenta años, vestida con
un abrigo carísimo, bolsas de diseñador y golpeando su tarjeta de
crédito contra su celular. Al ver que la anciana se tardaba, la mujer
perdió la paciencia y le gritó frente a toda la farmacia:
“Oiga, señora, si no le alcanza el dinero deje las medicinas y hágase
a un lado. Los demás venimos cansados de trabajar, tenemos prisa y no
vamos a perder el tiempo esperando a que junte sus limosnas. Qué falta
de respeto”.
Doña Esther se
encogió de hombros, muerta de la vergüenza, y con los ojos llenos de
lágrimas empezó a recoger sus moneditas despacio para devolver la
insulina.
Yo sentí un coraje inmenso, pero antes de poder decirle algo a la
mujer del abrigo, las puertas de la farmacia se abrieron de golpe.
Entró
un hombre alto, de unos treinta y cinco años. Llevaba botas de trabajo
llenas de grasa, una chamarra negra de cuero desgastada y el cuello y
las manos completamente cubiertos de tatuajes oscuros.
Tenía una cicatriz en la mandíbula y una mirada dura que imponía
miedo. Pasó por la puerta, ignoró los pasillos y caminó directamente
hacia la caja, saltándose a toda la gente.
Mi
instinto de cajera me hizo tragar saliva y poner la mano debajo del
mostrador, justo sobre el botón de pánico para llamar a la policía.
Pensé que nos iba a asaltar.
El
hombre se paró junto a la mujer del abrigo caro, la miró de arriba abajo
con una frialdad que congelaba, y luego se acercó al mostrador de doña
Esther. Metió la mano en su chamarra y sacó un billete de mil pesos.
Lo puso sobre el vidrio, justo encima de las moneditas de la anciana.
—Cobre las dos cajas de insulina y déle el cambio a la jefa —me ordenó con una voz gruesa que retumbó en el local.
La mujer del abrigo se ofendió, cruzó los brazos y le dijo con asco: “Qué, ¿te crees muy héroe brincándote la fila?”.
El
hombre ni siquiera la volteó a ver. Solo le contestó: “La prisa no le
quita lo miserable, señora. Si tanto le estorba la gente humilde, vaya a
comprar a otro lado”.La mujer se puso roja de la furia, pero al ver el tamaño y la mirada
del muchacho, agarró su bolsa y se salió de la farmacia muerta del
coraje.
Doña Esther, todavía
temblando, miró al hombre tatuado con los ojos muy abiertos y le dijo
con un hilo de voz: “Hijo, que Dios te lo pague, pero yo soy una vieja
pensionada… no tengo cómo devolverte este dineral”.
El
hombre suavizó la mirada por completo. Se quitó la gorra con un respeto
inmenso, se agachó un poco para quedar a la altura de la señora y le
dijo algo que hizo que a todos los que estábamos en la fila se nos
cortara la respiración:
—No me
debe nada, doña Esther. Usted no se acuerda de mí porque ya estoy viejo y
feo. Pero hace quince años, cuando yo era un chamaco perdido en las
drogas, que dormía en los cartones frente a su panadería y todo el
barrio me escupía por ratero… usted fue la única que nunca me cerró la
puerta. Usted me regalaba un café caliente y un pan dulce por la ventana
trasera, y me decía que yo no era basura, que yo tenía remedio.
El muchacho tragó saliva, con los ojos brillosos, y se señaló el pecho:
—Esa
fe que usted me tuvo me dio la fuerza para entrar a rehabilitación. Hoy
tengo mi taller mecánico limpio, tengo a mi esposa y a mis dos hijos, y
llevo diez años sin tocar una gota de mugre.
Ese pan dulce me salvó la vida, doña. Pagarle la medicina de su esposo es una miseria comparado con lo que yo le debo a usted.
La anciana se llevó las manos a la boca,
reconociendo por fin la mirada de aquel niño de la calle detrás de las
cicatrices y los tatuajes de hombre. Se soltó a llorar y lo abrazó en
medio de la farmacia. El hombre la rodeó con sus brazos gigantes y le
dio un beso en la frente.
Yo tuve
que voltearme hacia los estantes de atrás haciendo como que acomodaba
cajas porque las lágrimas no me dejaban ver la pantalla de la
registradora. El hombre agarró la bolsa de las medicinas, le dio el
brazo a doña Esther y la escoltó hasta la puerta de su casa para que no
se fuera sola en la noche.
Toda
mi vida pensé que el peligro se veía de chamarra negra y tatuajes, y que
la decencia usaba ropa de marca. Ese día aprendí que a veces, los
verdaderos miserables traen abrigos caros y tarjetas de crédito,
mientras que los ángeles más grandes de este mundo traen las manos
llenas de grasa, tatuajes en el cuello y la memoria intacta para no
olvidar a quien les dio la mano cuando estaban en el suelo.
¿Ustedes
creen que las buenas acciones que hacemos por los demás siempre
encuentran el camino de regreso cuando más las necesitamos?
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