Capítulo 2: La muñeca
El agarre de Derek era fuerte. Veinticinco kilos más que Ryan, manos como tenazas.
Pero una muñeca agarrada es una invitación, si sabes leerla.
No pensé. Mi cuerpo pensado por mí.
Giré la cadera, bajé el centro de gravedad y roté la muñeca hacia su pulgar —el punto débil de cualquier agarre—. Su mano se abrió sola. Antes de que pudiera reaccionar, ya tenía su muñeca doblada en un ángulo que la anatomía no perdona, y su cuerpo seguía el dolor hacia abajo.
Derek terminó de rodillas sobre la tarima, con el brazo retorcido a su espalda y mi mano en su muñeca. No apreté más de lo necesario. Solo lo suficiente.
El jardín quedó en silencio absoluto. Solo se oía el chisporroteo de la parrilla y la respiración agitada de Derek.
Marissa gritaba: “¡Derek! ¡Dios mío! ¡Suéltalo!”
—No lo tengo agarrado —dije con calma—. Lo tengo controlado. Hay diferencia.
Miré a Derek, arrodillado.
—Suéltame tú primero —dije—. La muñeca. Suéltame.
—Ya te solté —jadeó.
—Bien. —Lo solté—. No vuelvas a tocarme.
Yo aparte. Derek se quedó en el suelo unos segundos, sujetándose la muñeca, con la cara roja. No de dolor: de humillación.
—¿Qué… qué fue eso? —preguntó un primo.
Diane se había puesto de pie, temblando.
—¡La atacaste! ¡Delante de todos! ¡Llamo a la policía!
—Para decirles qué, mamá? —dijo Ryan—. ¿Que tu hijo la agarró primero? ¿Que le tiraste una cerveza encima? Hay veinte testigos.
—¡Ella…ella hizo algo! ¡Eso no es normal!
—No —dije—. No es normal. Es entrenamiento.
—Entrenamiento de qué? —preguntó Marissa.
Miré a Ryan. Asintió.
—Fui luchadora profesional de MMA —dije—. Ocho años. Campeona de mi división. Me retiré hace seis.
El silencio fue total. Luego, el primo sacó su teléfono.
— ¿Cómo te llamabas? ¿Tienes nombre de…?
—Busca “Claire Donovan” —dijo Ryan—. Aunque su apellido de casada me gusta más.
El primo tecleó. Su cara cambió.
—Madre mía —susurró—. Dos millones de visitas. ¡DOS MILLONES!
Le quitó el teléfono a Marissa. En la pantalla, una Claire más joven, con el pelo recogido, noqueando a una rival con un codazo giratorio. El público rugía.
—Esa… ¿esa eres tú? —preguntó Diane, pálida.
—Era yo —dije—. Ahora soy otra cosa. O eso creía.
Derek se había puesto de pie. Se frotaba la muñeca, mirándome con odio.
—Eso fue suerte —dijo—. Me cogiste desprevenido.
—¿Suerte? —dijo Ryan—. Derek, por favor.
—¡Cállate, calzonazos! —Derek me señaló—. Tú y yo. Otra vez. De verdad esta vez.
—No —dije.
—¿Miedo?
-No. Aburrimiento. —Me sequé la cerveza del pelo con una servilleta—. Ya tuve mi época de demostrar cosas, Derek. No necesito tu aprobación.
—Eres una cobarde…
—Derek —dijo Ryan, poniéndose entre nosotros—. Se acabó. Nos vamos.
Nos fuimos. En el coche, Ryan me tomó la mano.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Estoy… cansada —dije—. Seis años sin que nadie me mire como “la peleadora”. Y en una tarde, todo se fue al garete.
—Te arrepientes? ¿De haberlo contado?
-No. Me arrepiento de haberlo escondido. —Lo miré—. ¿Por qué nunca se lo gustate a nadie, Ryan? Pudiste presumir.
—Porque no eras un trofeo —dijo—. Eras mi esposa. Y sabía que me lo contarías cuando estuvieras lista.
—¿Y si nunca lo estaba?
—Entonces nunca. —Sonrio—. Aunque admito que verte ponerlo de rodillas fue… satisfactorio.
Nos reímos. Pero la risa es difícil.
Porque dos días después, el vídeo apareció en internet.
Lo había grabado un primo. Quince segundos: Derek arrodillado, yo tranquila, Marissa gritando. El título: “El cuñado se mete con la persona equivocada”.
Se hizo viral. Tres millones de visitas en un día. Los comentarios eran unánimes: todos conmigo, todos riéndose de Derek.
Y Derek... Derek no lo llevó bien.
Empezó a llamarme. A todas horas. “Pelea conmigo de verdad.” “En mi gimnasio”. “Sin cámaras”. “Demuéstrame que no fue suerte”.
No contesté. Lo bloqueé.
Entonces llamó a Ryan. Y Ryan me lo contó aquella noche, pálido.
— ¿Qué te dijo? —pregunté.
—Me dijo… —Ryan tragó saliva— …me dijo: “Si tu mujercita no quiere pelear conmigo, pelearé contigo”.
—¿Qué?
—Me citó mañana. En su gimnasio. Dice que si no voy, soy un cobarde. Y que irá a buscarme al trabajo.
Lo miré. Mi esposo. Que me había defendido con palabras porque las palabras eran sus armas.
—Ryan —dije—, no vas a ir.
—Tengo que ir, Claire. Si no voy, no me dejará en paz.
—No —dije, y mi voz sonó como en mis años del cuadrilátero—. No vas a ir tú.
—¿Qué quieres decir?

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