Elena comenzó a llorar.
—Porque prefería verte enojada conmigo que enterrada junto a él.
Aquella frase dejó a Valeria sin respuesta.
Abrazó a su madre.
—No voy a actuar sola. Pero tampoco voy a desaparecer.
Tres semanas después, la investigación estalló.
Ricardo Villaseñor fue detenido al salir de su casa en Lomas de Chapultepec.
Dos ejecutivos de Grupo Salgado fueron suspendidos.
Varias oficinas relacionadas con Octavio Beltrán fueron cateadas.
Los noticieros hablaron durante días del escándalo.
Y Valeria regresó a trabajar.
No como protegida de los Salgado.
No como “la futura nuera”.
Como practicante.
Por decisión propia.
—Eres increíble —le dijo su compañera Mariana mientras revisaban una campaña—. Descubres una red de corrupción que lleva quince años escondida y todavía preguntas dónde está el archivo de presupuesto.
—Necesito terminar mis prácticas.
—También podrías pedirle a Alejandro una oficina en el piso treinta y ocho.
Valeria la miró.
—Prefiero ganarme mi escritorio.
Mariana sonrió.
—¿Y al director general también te lo quieres ganar?
Valeria casi escupió el café.
—¿Qué?
—Te mira.
—Es tu imaginación.
Justo entonces Alejandro pasó detrás del cristal.
Se detuvo.
Miró a Valeria.
Sonrió apenas.
Y continuó caminando.
Mariana levantó ambas cejas.
—Claro. Mi imaginación.
Valeria le lanzó una servilleta.
Pero la tranquilidad duró poco.
Octavio Beltrán seguía libre.
Sus abogados aseguraban que los archivos de Javier podían haber sido manipulados.
Una noche, Valeria recibió un mensaje de un número desconocido.
“Tu padre también creyó que podía ganar.”
Debajo había una fotografía.
Elena saliendo del hospital donde trabajaba.
Valeria sintió que el cuerpo se le enfriaba.
Llamó a Alejandro.
Él llegó acompañado por seguridad.
Cuando vio la imagen, su expresión cambió.
—Desde hoy no vuelve sola a ninguna parte.
—No puedes decidir eso.
—No intento decidir tu vida.
—Pues suena exactamente así.
Alejandro levantó el teléfono.
—Un hombre acusado de ordenar la operación donde murió tu padre acaba de mandarte una foto de tu mamá. Esta vez, permíteme preocuparme.
Valeria guardó silencio.
No era una orden.
Había miedo en su voz.
Elena fue trasladada temporalmente a un sitio protegido.
Dos días después llegó otro mensaje.
“Sé dónde está la copia que falta.”
Valeria respondió:
“¿Qué copia?”
La contestación apareció segundos después.
“La que demuestra quién mató realmente a Javier Morales.”
Había una dirección.
Un estacionamiento industrial abandonado en la periferia de la ciudad.
Y una hora:
11:00 p. m.
Alejandro fue tajante.
—No vas.
—No iré sola.
—Eso no convierte una trampa en una buena idea.
—Si existe una prueba que puede cerrar el caso de mi papá, necesito saberlo.
La fiscalía aceptó preparar un operativo.
Valeria llevaría un transmisor.
Agentes permanecerían ocultos alrededor.
Alejandro no tenía ninguna obligación de estar allí.
Pero fue.
A las once con siete apareció un hombre.
Era Mauricio Cárdenas, antiguo asistente de Octavio Beltrán.
Llegó nervioso, mirando hacia todos lados.
—Tengo cinco minutos.
—¿Qué quiere? —preguntó Valeria.
—Protección.
—Yo no puedo ofrecérsela.
Mauricio miró discretamente hacia los vehículos cercanos.
—Pero la gente que está escuchando esto sí.
Valeria mantuvo la expresión firme.
—¿Estuvo allí cuando murió mi padre?
Mauricio bajó la cabeza.
—Sí.
A Valeria le latió el corazón con tanta fuerza que casi dejó de escuchar los sonidos del estacionamiento.
—¿Quién lo mató?
—Beltrán ordenó recuperar las pruebas.
—¿Y después?
—Ricardo organizó un operativo falso. Javier debía creer que iba a detener a unos hombres relacionados con el caso.
—¿Quién disparó?
Mauricio tragó saliva.
—El plan original era asustarlo. Quitarle los documentos. Pero uno de los hombres…
Un estruendo interrumpió la frase.
Mauricio cayó al suelo.
—¡Abajo!
Valeria apenas comprendió lo que sucedía cuando Alejandro apareció desde detrás de un vehículo y la empujó tras una columna.
Un segundo impacto golpeó el concreto.
Agentes federales corrieron hacia el extremo del estacionamiento.
Alejandro cubrió a Valeria con su cuerpo.
—¿Estás herida?
—No.
—Mírame.
Valeria levantó los ojos.
Nunca había visto a Alejandro así.
Estaba asustado.
No por él.
Por ella.
—Estoy bien —susurró.
Alejandro cerró los ojos durante un segundo y apoyó la frente contra la de ella.
—No vuelvas a hacerme pasar por esto.
A pesar del miedo, Valeria soltó una risa nerviosa.
—Tú viniste voluntariamente.
—Ese no es el punto.
—Entonces, ¿cuál es?
Alejandro la miró durante varios segundos.
—Que me importas mucho más de lo que debería.
Valeria dejó de respirar.
Antes de que pudiera contestar, varios agentes gritaron que habían detenido al tirador.
Mauricio sobrevivió.
La bala le atravesó el hombro.
Y esta vez decidió hablar.
Entregó conversaciones grabadas, transferencias y mensajes que demostraban que Beltrán había ordenado silenciar a Javier.
Cuarenta y ocho horas después, Octavio Beltrán fue detenido.
Meses más tarde, la fiscalía reconstruyó lo sucedido quince años atrás.
Javier había sido enviado deliberadamente a un falso operativo.
Ricardo había filtrado su ubicación.
Los hombres de Beltrán debían recuperar las pruebas.
La situación salió de control.
Uno de ellos disparó.
Beltrán no había jalado el gatillo.
Pero había dado la orden que llevó a Javier hasta aquella emboscada.
Después pagó para alterar informes y mantener enterrada la investigación.
Cuando Valeria recibió la resolución, pensó que sentiría satisfacción.
No ocurrió.
Sintió cansancio.
Una tarde fue sola al cementerio.
Se sentó frente a la tumba de su padre y colocó el viejo reloj sobre la piedra.
—Lo logramos, papá.
El viento movió suavemente las hojas de los árboles.
Valeria sonrió entre lágrimas.
—Aunque pudiste haber dejado instrucciones menos complicadas.
—Yo llevo meses diciendo lo mismo.
Valeria se volvió.
Alejandro estaba detrás de ella con dos cafés.
—¿Me seguiste?
—Mi padre me dijo dónde estabas.
—Eso sigue contando como seguirme.
Él le ofreció un vaso.
—Traje soborno.
Valeria aceptó.
Alejandro se sentó a su lado.
Durante algunos minutos ninguno habló.
—Gracias —dijo finalmente ella.
—¿Por el café?
—Por todo.
Alejandro miró la tumba.
—Creo que yo debería agradecerle a Javier.
—¿Por salvar a tu papá?
—También.
—¿También?
Alejandro sonrió.
—Por tener una hija tan problemática.
Valeria le dio un golpe en el brazo.
—Retiro mi agradecimiento.
—Demasiado tarde.
Ella guardó silencio.
Después recordó lo sucedido en el estacionamiento.
—Dijiste que te importaba más de lo que debería.
Alejandro dejó de sonreír.
—Lo recuerdo.—¿Lo decías en serio?
Él respiró profundamente.
—Llevo meses intentando evitar convertirme en el cliché del director general que se enamora de la practicante.
Valeria se echó a reír.
—No parece que te esté funcionando.
—Terriblemente.
—Técnicamente sigo siendo practicante.
—Por eso no he hecho nada.
—¿Nada?
—Nada que Recursos Humanos pueda usar para despedirme de mi propia empresa.
Ella sonrió.
—Muy profesional.
—Tengo reputación que proteger.
—La misma reputación del hombre que me conoció durante diez minutos y llamó a su padre para anunciarle que había encontrado a su futura nuera.
Alejandro hizo una mueca.
—Ese fue un error histórico.
—Gigantesco.
—¿Vas a recordármelo toda la vida?
Valeria levantó una ceja.
—Posiblemente.
Alejandro miró sus manos.
—Tu contrato termina el viernes.
—Lo sé.
—¿Qué vas a hacer?
Valeria trató de mantener el rostro serio.
—Acepté un puesto en otra empresa.
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Valeria aguantó tres segundos antes de comenzar a reír.
—Era mentira. Quería ver tu cara.
—Eso fue cruel.
—¿Funcionó?
—Durante dos segundos consideré comprar la empresa.
Valeria soltó una carcajada.
—Precisamente por eso alguien necesita mantenerte bajo control.
Alejandro se puso serio.
—Cuando termine oficialmente tu contrato… ¿puedo invitarte a cenar?
—¿Como director general?
—No.
—¿Como hijo del hombre que lleva quince años planeando que sea su nuera?
—Definitivamente no.
—Entonces, ¿como qué?
Alejandro sostuvo su mirada.
—Como un hombre que quiere conocerte sin currículums, promesas antiguas, conspiraciones ni padres metiches.
Valeria dejó el café a un lado.
—Sí.
Alejandro parpadeó.
—¿Sí?
—Sí, Alejandro. Puedes invitarme a cenar.
Por primera vez, el poderoso director general de Grupo Salgado se quedó sin palabras.
El viernes, Valeria entregó su gafete de practicante a las seis de la tarde.
Cinco minutos después Alejandro la esperaba frente al edificio.
Sin chofer.
Sin traje.
Sin asistente.
Solo llevaba una camisa blanca con las mangas remangadas.
Valeria lo examinó.
—¿Intentas parecer una persona normal?
—Estoy haciendo mi mejor esfuerzo.
—Aprobado con reservas.
Él abrió la puerta del coche.
—¿Lista?
—¿A dónde vamos?
Alejandro vaciló.
—Mi padre hizo una reservación.
Valeria se detuvo.
—Alejandro.
—Lo sé.
—¿Ernesto estará ahí?
—Prometió que no.
—¿Le crees?
Alejandro pensó unos segundos.
—No.
Cuando llegaron al restaurante, Ernesto ocupaba la mejor mesa.
Y frente a él estaba Elena.
Los dos tenían copas de champaña.
Valeria cerró los ojos.
—Voy a matarlos.
Ernesto levantó la copa.
—¡Por fin!
Elena se acercó.
—Intenté detenerlo.
Valeria señaló su copa.
—Mamá, estás tomando champaña con él.
—No dije que lo hubiera intentado demasiado.
Alejandro susurró:
—Podemos escapar.
Valeria miró a su madre.
Hacía años que no la veía reír de aquella manera.
Después miró a Ernesto, feliz por haber cumplido la promesa que hizo quince años atrás.
—Cinco minutos —dijo.
—¿Cinco?
—Después nos vamos a nuestra cita.
Ernesto abrió mucho los ojos.
—¿Cita?
Valeria levantó un dedo.
—Ni una palabra sobre bodas.
—No dije nada.
—Ni nietos.
—Jamás.
—Ni “futura nuera”.
Ernesto señaló a Alejandro.
—Eso fue culpa de mi hijo.
Alejandro suspiró.
—Sabía que pagaría aquella llamada toda mi vida.
Un año después, Alejandro estaba nuevamente en su despacho del piso treinta y ocho.
Tomó el teléfono.
—Papá, ¿estás ocupado?
Ernesto soltó una carcajada.
—La última vez que empezaste así cambiaste nuestras vidas. Habla.
Alejandro miró hacia el sofá.
Valeria estaba sentada allí.
Ya no trabajaba como practicante.
Después de terminar su programa había aceptado un puesto permanente en otra división, pero solo después de superar el mismo proceso de selección que cualquier candidato.
Había sido ascendida dos veces.
Y ahora llevaba un anillo en la mano.
Alejandro sonrió.
—Tenías razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre tu futura nuera.
Hubo dos segundos de silencio.
Después Ernesto gritó tan fuerte que Alejandro tuvo que apartar el teléfono.
—¡ELENA! ¡DIJO QUE SÍ!
Valeria abrió mucho los ojos.
—¿Por qué tu papá está con mi mamá?
Alejandro miró el teléfono.
—Esa es una excelente pregunta.
Ernesto contestó desde el otro lado:
—¡Estamos organizando la cena!
Valeria se cubrió el rostro.
—No han pasado ni diez minutos desde que me pediste matrimonio.
Alejandro comenzó a reír.
—Mi familia parece tener un problema con los diez minutos.
Sobre el escritorio, dentro de una pequeña vitrina, estaba el viejo reloj de Javier.
Valeria lo había mandado reparar cuando el caso terminó.
Durante quince años se había quedado detenido.
Había escondido una llave.
Había guardado un secreto.
Ahora simplemente volvía a marcar el tiempo.
El tiempo que su padre no había tenido.
El tiempo que Elena había pasado protegiendo a su hija.
El tiempo que Ernesto necesitó para cumplir una promesa.
Y el tiempo que Valeria y Alejandro todavía tenían por delante.
Valeria tomó la mano de su prometido.
—¿Sabes qué habría dicho mi papá de todo esto?
—¿Qué?
—Que tu padre exageró muchísimo aquella promesa.
Alejandro sonrió.
—Probablemente.
—Y que tú eres demasiado arrogante.
—Eso lo dudo.
—Estoy segura de que habría sido lo primero que notara.
Alejandro miró la fotografía de Javier y Ernesto colocada junto al reloj.
—¿Crees que me habría aprobado?
Valeria contempló durante unos segundos la imagen de su padre.
Después miró al hombre frente a ella.
Aquel director general intimidante al que había conocido por culpa de una carpeta mal etiquetada.
El hombre que había leído su currículum durante diez eternos minutos.
El que había hecho la llamada más absurda que ella había escuchado.
Y el que, cuando todo comenzó a derrumbarse, nunca intentó decidir por ella.
Simplemente permaneció a su lado.
—Sí —respondió Valeria.
—¿Segura?
—Completamente.
Alejandro tomó nuevamente el teléfono.
Valeria abrió los ojos.
—Alejandro Salgado, ni se te ocurra.
Demasiado tarde.
Ernesto contestó.
—¿Qué pasó ahora?
Alejandro miró a Valeria con aquella misma sonrisa tranquila del primer día.
—Papá.
—¿Sí?
—Empieza a buscar traje.
Valeria intentó quitarle el teléfono mientras Alejandro se reía.
Del otro lado, Ernesto comenzó a gritar de alegría.
Exactamente igual que aquella primera vez.
Solo que ahora Valeria también reía.
Porque finalmente había entendido algo que su padre había escrito al final de aquella carta y que durante meses no había podido olvidar:
“No aceptes una vida solamente porque alguien te la ofrece, hija. Elige la vida que tú quieras vivir.”
Y eso había hecho.
La familia Salgado no había decidido su destino.
La promesa de su padre tampoco.
La habían encontrado.
Le habían abierto una puerta.
Pero había sido Valeria quien decidió cruzarla.
Y por primera vez en muchos años, al escuchar avanzar las manecillas del viejo reloj de Javier, ya no pensó en todo el tiempo que habían perdido.
Pensó en todo el que todavía les quedaba.
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